MEDITACIÓN
DE LOS MISTERIOS DEL ROSARIO (LUMINOSOS)
Fuente:
Catholic.net
Autor: P Mariano de Blas LC
Primer Misterio de la Luz. El Bautismo de Jesús
Jesús humilde y María....también
Dios puesto en la fila de
pecadores. En la fila había ladrones, asesinos,
adúlteras, fariseos podridos, soldados...Jesús metiendo
los pies en la charca del pecado. Él, el tres veces
santo. Besó el suelo podrido de las almas, y no sintió
náusea. Sabía que podía limpiar todas las almas, todos
los basureros, todas las cloacas. ¿Qué te costaba
convertir los basureros en jardines, las ruinas en
castillos donde Tú te sintieras divinamente a gusto?
Cada santo es un pecador reconstruido como santo sobre
sus propias ruinas. María se enteró porque se lo
contaron. “Si Él se humilla así, yo... esclava del
Señor. Yo quiero imitarlo sufriendo el castigo de los
hombres –luego serán mis hijos- para ayudar a
salvarlos.” Tal vez a nosotros no nos ha impresionado
ver a Jesucristo bautizado en el Jordán; a ti, María, te
debió impresionar muchísimo, porque tú sabías, como
nadie, que Él era Dios. ¡Qué humillación! Tu humildad te
parecía pequeña, muy pequeña junto a la suya. Él no se
había hecho esclavo, sino pecador. Y Tú, que a todo le
buscabas la razón y el sentido, preguntarías: ¿Por qué
Jesús se ha querido bautizar por Juan como un pecador
más, ¿por qué? La pregunta sigue todavía en el aire...
Juan había sido el primer hombre que había reconocido a
Jesús como el Hijo de Dios y trató de comunicárselo a
los demás. Pero muy pocos lo aceptaron. Un día dijo a
Andrés y a su amigo: “He ahí el cordero de Dios”. Y
éstos sí le siguieron, para su bien. Los demás no le
hicieron caso, para su mal. Posteriormente Jesús se lo
reclamaría: “¿El bautismo de Juan venía de Dios o de los
hombres?” Le respondieron: “No lo sabemos, es decir, no
lo queremos saber”.
Jesús venía del desierto donde había realizado una dura
penitencia: oración y ayuno muy fuertes. Ella aprendió
que la oración es muy importante para un cristiano. Ella
oraría con más fervor a partir de entonces, si se podía.
Aprendió que la humildad y el sacrificio eran muy
propios del cristianismo. Ella no pensaba como muchos
cristianos y aún sacerdotes, que estas cosas están
pasadas de moda y que no ayudan mucho para lo esencial,
que es vivir la alegría pascual. Se han olvidado de que
se llega a la alegría de la resurrección pasando por la
humillación y el sufrimiento de la cruz. “¿No era
necesario que el Cristo sufriera esto para entrar en su
gloria?”
“Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mis
complacencias”. Jesús era Hijo del Padre e Hijo suyo.
Cómo recordaría la pérdida a los doce años-“¿No sabéis
que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?” Ahora
lo había dejado ir, para que se ocupara de las cosas de
su Padre. Ella lo devolvía al Padre; sacrificaba su amor
de madre. Dolor que sería total en la muerte en el
Calvario. Muchas madres de posibles hijos sacerdotes no
han sabido sacrificar el amor al hijo y no le han dejado
trabajar en las cosas del Padre. Se trataba de un amor
equivocado.
El Espíritu Santo descendió sobre Él para investirlo de
la misión que le esperaba.
Un nuevo tema de meditación de María, sobre su Hijo.
Aquí ya no es la sencillez del Jesús que parecía un
simple hombre. Aquí interviene el cielo en pleno: El
Padre celestial, Yahvé (con todo lo que significaba para
un israelita) y el Espíritu Santo que ya había
intervenido en Ella. “El Espíritu Santo descenderá sobre
ti”. Ahora sobre Él. La imagen de su Hijo crecía a sus
ojos; y Ella se sentía pequeñita junto a Él. Como Juan,
el hombre humilde por excelencia, Ella también se decía
a sí misma: “Es necesario que Él crezca y que yo
disminuya”.
Segundo Misterio de la Luz. Jesús en las Bodas de Caná
Presencia de Jesús y María en nuestra vida
Presencia de Jesús y María en
los acontecimientos humanos: una boda. Hay que
invitarlos a todas las cosas de nuestra vida, seguros de
que accederán con gusto. Su presencia transforma las
realidades humanas, las alegres y las tristes, en
acontecimientos santificadores. Sufrir en su compañía es
muy distinto que sufrir solos.
Ellos dan la fuerza y el ejemplo para llevar la propia
cruz con amor y alegría. También quieren participar en
nuestras alegrías. Porque la alegría es cristiana, es
fruto maduro del misterio pascual. Si, según Santa
Teresa,”un santo triste es un triste santo”, quiere
decir que el cristiano tiene el derecho y el deber de
ser un irradiador de alegría. Si Jesús inventó la
religión del amor, inventó por lo mismo la religión de
los hombres y mujeres más felices. Es la paradoja del
cristianismo: Los santos –los mejores cristianos- son
los que más han sufrido y también los más felices. “Con
la amistad de Cristo, con su presencia, he sido y soy
inmensamente feliz, cargando la cruz que Él ha querido
darme ...” María adelanta los milagros. Y Jesús
condesciende con mucho gusto. Jesús abre el corazón de
sus discípulos a la fe, obrando su primer milagro,
gracias a la intervención de María.
Todos los que quieran ser apóstoles de Jesús, deben
aprender a amar a María, para ser eficaces en su labor
de salvación de los hombres. En la salvación de los
hijos, debe intervenir la presencia de la Madre, por
voluntad del Redentor. El rosario que reza el sacerdote
habla muy bien de él. Cuantas veces al Papa se le ve con
el rosario entre los dedos. El sacerdote que invoca
frecuentemente a María, que predica con entusiasmo sobre
Ella a los fieles, tiene garantizado el éxito
apostólico. No se puede decir lo mismo del ministro
–quizás celoso y trabajador- que no tiene tiempo de
rezar el rosario y que demuestra hacia su Madre una
superficial adhesión. “Totus tuus” es un lema elegido
amorosamente por Juan Pablo II. Pero, aunque no esté
esculpido en un escudo, cada sacerdote debe hacerlo
propio. La importancia de María para llegar a Jesús: La
devoción a María es señal de predestinación.
Dios no permitirá que un alma que ame a María no se
salve. El amor a María es un elemento muy específico y
gratificante de la religión cristiana. La devoción a
María otorga al cristianismo una ternura, una finura y
delicadeza extraordinaria. La necesidad que en el orden
humano experimentan de una mamá todos los seres humanos,
no es menos requerida en el orden del espíritu, Y Dios,
que quiso darnos una madre de la tierra para las
necesidades materiales, tuvo la buena idea de regalarnos
una Madre para las necesidades del espíritu.
El huérfano de madre lo demuestra, el huérfano de madre
en el espíritu lo acusa también. María no es un estorbo
para llegar a Jesús, al contrario, es el camino más
corto y maravilloso para llegar al Mediador. Esta es la
voluntad del mismo Mediador, Jesucristo. Jesús mismo que
quiso tener una madre, no ha querido privarnos a
nosotros de ella, Más aun, la misma madre suya nos la
regaló a nosotros, Con ello no sólo nos ha dado una
madre, sino la mejor de todas. El agua convertida en
vino: Vida triste convertida en vida feliz; mediocridad
en santidad; esterilidad en apostolado fecundo. “En tu
nombre echaré la red”, dijo Pedro a Jesús. También
podemos decir nosotros: “En tu nombre, María, echaremos
la red”. Jesús no es celoso, y llenará también nuestras
redes de peces. Sin duda que el vino mejor del mundo se
bebió en Caná, como lo atestigua el mayordomo de la
fiesta.
Cuantas veces nuestra triste vida se nutre de vinagre,
de vino de poca calidad o tiene que conformarse con
simple agua. María puede pedir Jesús que convierta esa
pobre agua en dulce vino que nos dé gusto y fuerzas para
el camino de la vida. “Haced lo que Él os diga”. Siempre
nos guía a Él, nos invita a obedecerle, a seguirle, a
imitarle. Y los discípulos creyeron en Él, por María.
Cuando la presencia de María en la vida de un apóstol es
constante, ese apóstol tiene la bendición y el
beneplácito de Dios. María nunca se cree ni se nombra
Maestra, sino discípula; la mejor de todas. Es la que
conoce como nadie la religión del amor y quien la ha
vivido mejor que ningún cristiano. Por eso puede enseñar
a sus hijos lo que Ella sabe. Jesús dijo “ Yo soy el
camino, la verdad y la vida”, María podría decirnos. “Yo
soy la caminante más decidida, la seguidora de la
verdad, la distribuidora de la vida”. Ella nos
dice:”Hagan lo que Él les diga”. Él nos dice: “Hagan lo
que Ella les diga”
Tercer Misterio de la Luz. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión
María, la que más conoce y mejor puede enseñar
Conversión:
cambio, nueva vida, hombres y mujeres nuevas. El Reino
de Dios está cerca. El reino del Diablo se acabó. De ahí
el cerrar la puerta al pasado y abrirla a la nueva vida.
Arrepentirse del pecado: dejar la enemistad con Dios,
dar la espalda al pecado en todas sus formas. La nueva
religión exige un rompimiento fuerte con la vida
anterior, la vida que era la muerte en el pecado y en la
desvergüenza. El que no nace de nuevo no puede ser
cristiano, como afirmaba Jesús a Nicodemo. El hombre
debe arrancarse el corazón de piedra y cambiarlo por un
corazón cristiano, es decir, semejante al de Jesús y al
de María. Muchos cristianos aman el barniz, la fachada,
las formas externas. Son la nueva generación de los
fariseos. Hay que cambiar por dentro, con el dolor y la
alegría que supone ser un hombre y una mujer nueva.
Todos necesitamos renovarnos y convertirnos: la rutina y
el cansancio nos muerden a todos; caen polvo y telarañas
sobre los más sagrados ideales; todas las cosas más
bellas y sagradas, si no se renuevan, acaban por morir.
El amor muere en muchos matrimonios, la vida consagrada
se marchita si no se renueva con el agua de la oración.
Una buena parte de la existencia consiste en renovar,
refrescar, en echar nueva leña a la hoguera. Subir,
siempre subir, querer ser otro, distinto, mejor; mejor
en lo humano, mejor en lo intelectual y en lo
espiritual. Cuando uno se para, se enferma; cuando uno
se para definitivamente, ha comenzado a morir. Con
Cristo hay que volver a empezar.
Todo comienza, todo vuelve a empezar, si queremos; todo
como recién estrenado. Lo viejo, lo sucio y desordenado
no van con la nueva vida. Y creed en el Evangelio, la
Buena Nueva: Creer en Jesús y en el mensaje de salvación
que trae. Este mensaje es muy actual: convertíos y creed
en el Evangelio. Pero hay diferentes maneras de
reaccionar frente al mismo: desde la aceptación amorosa
hasta el rechazo absoluto, pasando por la aceptación a
medias. Nos asusta el compromiso, porque nos falta el
amor. ¡Cuánto nos cuestan las virtudes: la obediencia,
la caridad, la humildad, el vencer los halagos de la
pereza, porque no tenemos amor, porque andamos bajos de
entusiasmo, porque no pensamos sino en cosas duras,
difíciles! La vida, tu vida podría ser una aventura
apasionante. A veces, la has tomado como un castigo, la
has imaginado terrible y dura, y te has clavado las
espinas. Pero podría convertirse en otra cosa, mil veces
más bella, atractiva y fascinante, si convirtieras las
punzantes espinas en rosas. Con un poquito de amor y de
entusiasmo: Ésa es la receta, el elíxir divino que
transforma lo duro y amargo en dulce y suave.
Reacción de María:
apertura total a una renovación de su misma
espiritualidad: El Antiguo Testamento lo verterá en el
molde del Nuevo, en el molde de su Hijo y de su
doctrina. El Espíritu Santo le inspiraba, le hacía
comprender como a nadie la doctrina cristiana. María es
la primera cristiana, la que mejor ha entendido y ha
imitado a Jesús, la verdadera Mujer Nueva. De tal manera
que podría decir con más fuerza que San Pablo: “Para Mí
el vivir, el respirar el amar es Jesús”. Por eso, la que
más conoce es la que mejor puede enseñar. Pero María es
una maestra y madre, que por tanto enseña a sus
discípulos con gran sabiduría, y a sus hijos con inmenso
amor la doctrina cristiana.
La vida, que en principio es igual para todos, es tan
diferente para cada uno. Porque hay vidas verdaderas, en
las que vivir es amar, es realizar tareas transcendentes
y ser feliz. Pero hay otras que se parecen tan poco a la
vida y tanto a la muerte.
Tu vida depende de ti.
Oración: Oh Jesús, que
viniste a inaugurar en el mundo una nueva forma de
vivir, convierte nuestra pobre agua en dulce vino;
transforma nuestro barro roto en un cantarillo nuevo
hecho a tu gusto. Ayúdanos a reconocernos grandes
pecadores para que no tengamos reparo en ponernos en la
fila de los que necesitan ser perdonados y que aceptemos
tu invitación al arrepentimiento y a la conversión total
de nuestro corazón.
Ojalá que esta conversión nos
sirva para desempolvar el rosario completo. Y no es solo
volver a tener un rosario en las manos, sino dar a la
devoción a María el puesto privilegiado que el Papa le
ha querido dar, por inspiración divina. El mismo Juan
Pablo II, como pocos, nos demuestra que esta devoción y
amor es algo maravilloso y, además, muy eficaz. Al
recuperar el rosario, se recupera a la Madre de Dios , y
recuperar a su Madre, se recupera a Dios, que también
anda medio perdido, y no creo que por no ser esencial.
Cuarto Misterio de la Luz. La Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor
Vieron el cielo por un rato y querían quedarse
Les hizo ver el cielo por un
rato. Querían quedarse allí para siempre, pero no era
aún el momento. En el cielo querremos quedarnos para
siempre, y será verdad, y será posible.
Los condenados querrán ir al cielo por un rato al menos,
y no irán ni siquiera por un rato. ¡Qué mal se está
aquí! Pero allí se quedarán eternamente, en el lugar
donde no se ama y donde la infelicidad ha puesto su
morada eterna. ¡Qué bien se está aquí! Cuando uno dice
eso es porque lo siente.
Aquellos tres apóstoles se decían a sí mismos y nos
decían a nosotros: ¡Qué bien se está en el cielo! Todos
los santos han tenido una experiencia semejante a la del
Tabor, es decir, han gustado anticipadamente el cielo. Y
todos han dicho lo mismo: ¡Qué bien se está aquí...!San
Pablo: “Tengo por seguro que...” Santa Teresa; “Vivo sin
vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no
muero”. San Ignacio de Loyola: “¡Qué miserable me parece
la tierra cuando contemplo el cielo!” La aparición
sirvió para fortalecerles en el momento de la prueba. En
los momentos de dificultad y de dolor conviene recordar
los momentos de luz. Las dificultades y problemas duran
sólo esta vida, la felicidad del cielo nunca termina.
Todos necesitamos esta motivación, este ángel de luz que
nos sostenga en medio del dolor. Jesús quiso necesitarlo
o simplemente lo necesitó en el supremo dolor, cuando
sudaba sangre en Getsemaní. Quiso tener en la hora de su
muerte a María como un nuevo ángel que le ofrecía su
amor y su presencia para resistir hasta el final. Con
cuanto mayor razón necesitamos nosotros la presencia de
ese ángel.
Dios se ha adelantado a dárnoslo en María Santísima, el
mismo ángel que a Él le consoló como nadie en este
mundo. Cuando uno experimenta a Dios tan intensamente,
lo demás desaparece. Se quiere únicamente ser de Dios.
Ser de Dios felizmente y para siempre. ¡Quién pudiera
decirlo, sentirlo y que fuera verdad!: Soy de Dios,
pertenencia suya, nada mío, todo de Él, esclavo, siervo,
hijo, consagrado.
Los santos lo saben, lo empezaron a saber desde este
mundo, desde que se despojaron de sus ricas ropas y se
vistieron el sayal del siervo. “Mi Dios y mi todo”, es
una frase que decían en un suspiro de amor. Todos los
santos han subido al Tabor desde este mundo, y antes de
subir al Calvario. “Este es mi Hijo amado; escuchadle”.
¡Con qué amor diría el Padre estas palabras! Con
parecido amor dice de los buenos hijos: “Éstos son mis
hijos predilectos”: Los que escuchan la palabra de Dios
y la cumplen. Sed santos.
Todos los caminos se han recorrido en busca de lo mismo:
la felicidad; y de todos han vuelto sin respuesta
muchos, muchísimos hombres; sólo los santos nos han
dicho algo diferente: “no me arrepiento”. Luego, ¿han
hallado lo que otros no? Tal parece. Son felices. Y,
¿por qué?. Porque han servido al mejor Señor que los ha
convertido en reyes; porque han salido de su cueva a
mejorar el mundo; han amado a su prójimo, han dejado
atrás su sucio egoísmo, han vivido de fe y amor; han
luchado duramente por mejorar su mundo, la han hecho más
pura, más fuerte, más generosa; éstos son los felices.
Quién lo creyera, porque han quebrado y hecho pedazos
todas las reglas de la lógica humana: Han matado su vida
para vivir. “El mundo espera el paso de los santos”
–dijo un sabio, Pablo VI-, porque los demás arreglan, si
es que arreglan, los problemas materiales: pan y circo;
pero el hombre requiere de curación para su alma,
doctores del alma que sepan manejar la medicina
celestial: Los santos la tienen y la dan; dan y, con
Dios, la paz íntima, el por qué de la vida y de todo el
peregrinar humano; ofrecen fortaleza y amor. Ellos
mismos, con su ejemplo, ofrecen un estímulo a superarse,
a elevarse del barro para volar a las alturas.
"Escuchadle". No escuchéis a los falsos profetas, no
sigáis la voz del tentador que os presenta la felicidad
en forma de drogas, sexo desenfrenado, borracheras,
dinero, poder...
"Escuchadle". En las bienaventuranzas, en la invitación
a la conversión, en el amor a Dios y a los hombres, en
la invitación a la santidad. “Hoy, si escucháis su voz,
no endurezcáis el corazón”. Hoy no queremos escuchar, no
queremos obedecer a nadie: ni a Dios, ni a la Iglesia,
ni al Papa; ni a los padres, ni aún a la autoridad
civil. Se requiere cierta humildad para orar y obedecer.
El hombre de hoy, tal vez, se está volviendo
progresivamente más soberbio, más seguro de sí y, por
eso, no quiere escuchar, Pero el Padre le sigue pidiendo
que escuche a quien es el Camino, la Verdad y la Vida.
Porque el mismo hombre que no escucha a Dios, si escucha
al Padre de la mentira, ese desobediente obedece a sus
pasiones, a sus caprichos, hasta el punto de decir: “He
aquí el esclavo del pecado, de los vicios. Hágase en mí
según vuestros mandatos” Dios dice a los tres apóstoles:
"Escuchadle". Se lo dice en buena forma. Tiempo habrá en
que la dura claridad de sus palabras se convierta en
encrucijada de salvación o condenación. “Vayan por todo
el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura.
El que crea y se bautice, se salvará; pero el que no
crea se condenará”. Mc.16,15-16.
Quinto Misterio de la Luz. La Institución de la Eucaristía
El amor más entrañable ahí está por ti
La persona que más te quiere
descúbrela ahí. Ahí hallarás la Víctima que
constantemente se ofrece por ti, en tu lugar, que paga
amorosamente por tus culpas y pecados. El cuchillo que
no quiso Dios que Abraham clavara en el cuello de su
hijo Isaac, permitió que se clavara en las manos, en los
pies y el corazón de su propio Hijo. Por amor a
nosotros, La deuda enorme que nosotros ni siquiera
sospechamos cuan tremenda es, la pagó Jesús
completamente en el Calvario, y la siguen pagando en la
Eucaristía.
Se trata de una Víctima que sufre en nuestro lugar. El
soldado en cuyo lugar murió San Maximiliano Kolbe sí nos
podría decir qué significa que otra persona muera en
nuestro lugar, cuando vio el cadáver de su bienhechor.
Parece que nosotros nos impresiona ya de tanto ver el
cadáver, es decir, el crucifijo. Ahí encontrarás el Pan
de la vida que sacia el hambre del alma y el agua viva
que sacia la sed de eternidad y de amor. Si de hambre y
de sed se trata, nunca el hombre se ha sentido más
hambriento y sediento que hoy. Se mueren millares de
jóvenes, de hombres y mujeres de pura hambre, de pura
sed: sed de eternidad, de cariño, de sentido de vivir.
Cuando uno quiere hablar con la verdad, no tiene más
remedio que decir: “Vengo cansado de buscar inútilmente
por tantos caminos. No he encontrado la verdad de la
vida y de las cosas. No he encontrado un amor que llene
plenamente mi vida. Sí un amor pequeño, tal vez, que me
llena hasta cierto punto. No he encontrado un sentido a
la vida lejos de Ti. No he encontrado la felicidad. Soy
un buscador cansado ya de vivir y de buscar y no
encontrar... Tú has dicho que eres el Camino, la Vida y
la Verdad... Por eso vengo a comer ese pan maravilloso
de la Eucaristía.
Ahí hallarás al compañero de camino que no quiere que
vayas solo por la vida. Quien descubre al compañero de
camino es la fe. Cleofás y su compañero estuvieron
caminando con Él por espacio de dos horas, hablaron con
Él y escucharon sus palabras pero no lo descubrieron por
su cerrazón de corazón y su falta de fe. Solo más tarde,
cuando abrieron su mente y corazón e invitaron a Jesús a
estar con ellos, lo reconocieron. “¿No ardía nuestro
corazón...?” Así nos sucede a nosotros; Jesús camina a
nuestro lado, nos interpela, pero no nos apercibimos de
que es Él, por nuestra falta de fe y apertura.
Traemos los ojos ciegos de tristeza, de orgullo e
impertinencia, y así, no se puede reconocer a Jesús. No
quieras convertir tu vida en un purgatorio, privándote
de la compañía del mejor amigo. Él te ama y quiere que
lo ames. No preguntes por qué. “¿Qué tengo yo que mi
amistad procuras?...”Lo que interesa no es tanto saber
por qué, sino saber que es un amor verdadero, personal,
infinito. Si algún día quiere Dios revelar el misterio,
Él sabrá; pero si no lo quiere decir, al menos a mí no
me importa; me basta estar seguro de ello: Dios existe y
me ama.
Amor con amor se paga: Así como es cierto que Dios te
ama, también lo es que te pide una respuesta de amor, y
nuevamente, no preguntes por qué. Ya san Agustín se
hacía esta pregunta: “¿Quién soy yo, Señor, para que me
pidas y me exijas que te ame con todo mi corazón, con
toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas;
y que te disgustas muchísimo si no lo hago...?” Ama todo
lo que puedas y como mejor sepas, y habrás cumplido.
Las visitas a Jesucristo y a María, realizadas con fe y
fervor, infunden no pocos ánimos. En tu ciudad viven, a
unos pasos de tu calle; no cuesta trabajo visitarles un
minuto, darles los buenos días, pedirles una
misericordia para la jornada. Esas pequeñas visitas,
esos pequeños momentos, robados a tu abultada agenda,
inyectarán vigor a tu alma triste.
Ve a visitarles con más frecuencia, con más amor y menos
prisa, que son los amigos de tu alma, los que ponen
suavidad y eficacia en tus actividades febriles. Si el
arte de vivir es amar y ser amado, ahí tienes dos amigos
que siempre te han querido y a los que no has sabido
amar, tal vez. Una breve visita, un corto detenerse, un
pequeño gesto de cariño, un mirar y ser mirado, un
alargar la mano y dar la diaria limosnita de amor.
María no necesitaba la transfiguración. Porque veía a su
Hijo como Dios, cada vez menos como hijo suyo, y cada
vez más como Dios, hasta el punto de que junto a un
inmenso cariño sentía un gran respeto hacia Jesús. Y en
cuanto a la Eucaristía, nadie ha experimentado lo que
María, que tuvo al Hijo en su seno como todas las mamás,
y luego lo volvía a recibir en su cuerpo a través de la
comunión. Entonces era un niño pequeño con un futuro por
hacerse, Ahora recibía al Hijo que había recorrido los
caminos del mundo; al Hijo a quien vio muerto en la cruz
y muerto en sus brazos. Volvía a recibir a aquel niño
tierno, a aquel adulto, a aquel muerto en la cruz, a
aquel Hijo resucitado. Por eso, las comuniones de María
tenían una experiencia muy particular e impresionante:
volvía a vivir la alegría extática del nacimiento,
aquellos años de alegre esperanza en Nazareth, los años
dramáticos de la vida pública, los momentos
dolorosísimos de la pasión y muerte –de seguro que ahí
se detenía largo tiempo- y las alegrías de la
resurrección gloriosa.
Cada comunión era un rosario de los misterios de la vida
de Jesús. María contemplaba una y otra vez los misterios
del rosario, pero en vez de rezar avemarías, rezaba el
Padrenuestro, el Magníficat y el Gloria. Por eso le
gusta que nosotros recemos el rosario, como lo hacía
Ella.
Oración:
Oh Madre, que has rezado
tantas veces tu propio rosario de los misterios de tu
Hijo, ayúdanos a contemplar esos misterios con tus ojos
y tu corazón de Madre. Alcánzanos la gracia de recibir a
Jesús en el sacramento de su amor con el fervor con que
Tú lo hacías en los años de tu soledad.