MEDITACIÓN
DE LOS MISTERIOS DEL ROSARIO (GLORIOSOS)
Fuente:
Catholic.net
Autor: P Mariano de Blas LC
Primer
Misterio Glorioso. La Resurrección.
María,
ahora es todo luz
No dudo
que la primera aparición fue para ti, Madre
Corredentora. ¡Qué distinto del Cristo deshecho sobre
tus brazos en el Calvario, Ahora es todo de luz. Le
quedan cinco heridas, pero heridas de amor. Lo abrazas
todavía con cuidado, temiendo hacerle daño por las
heridas del Viernes. Tu mente no se hace a la idea de
que se curen tan pronto tan terribles heridas. El dolor
había sido tan profundo que necesita mucho tiempo para
curarse.
Tan honda y despiadadamente había entrado la espada en
tu alma que extraerla supuso un esfuerzo impresionante.
¿Es posible en tan corto espacio de tiempo pasar del
abismo de dolor al abismo de gozo? ¿Qué te dijo tu hijo
resucitado? Lo adivinamos: “¡Gracias, Madre, por tu
ayuda, por tu oración, por tu presencia. Gracias a mi
Madre pude realizar la redención. Gracias, porque no
sólo me ayudaste a nacer, sino también a morir”.
Jesús, una vez resucitado, resucita a los apóstoles: A
Pedro le cura el temor mortal de sus negaciones mediante
una aparición a él solo. A los dos de Emaús les hace
exclamar: “¿No ardía nuestro corazón, mientras nos
hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” A
Tomás le arrancó su racionalismo infundiéndole la fe.
María completa la tarea. Me la imagino muy bien animando
con sus mejores formas a Pedro, haciéndole ser humilde
pero confiado.
¡Qué
palabras diría a Tomás, el incrédulo, Ella que había
aprendido a creer heroicamente, aquella Mujer de la que
se dijo: “Dichosa Tú que has creído”. Ella completaría
la explicación de la Escritura a Cleofás y a su amigo,
al narrarles cómo Ella llevaba años meditando en su
corazón los misterios de Jesús.
Jesús se
les aparecía de vez en cuando iluminándolos como un
relámpago en la noche; pero luego les dejaba el vacío de
su ausencia. María era una luz de día y de noche: A
todas horas disponible, para responder a todas las
preguntas, para iluminar las conciencias, para
fortalecerles en la futura vida apostólica. La presencia
y solicitud de María fue algo único, irrepetible en la
vida de los apóstoles.¡Qué envidia de la buena!
María ya
no era la mujer discreta y oculta que dejaba actuar a su
Hijo. Ahora Ella comenzaba a ejercer su plena maternidad
sobre la Iglesia niña, comenzaba a ser Madre de la
Iglesia.
Resucítanos, OH Madre, como a los primeros apóstoles;
acompáñanos ahora que lo necesitamos como entonces o más
que entonces; sigue ejerciendo tu maravillosa y oportuna
maternidad sobre estos hijos tuyos que deben vivir
rodeados de lobos y de constantes peligros. OH Madre
bendita de la Pascua, infúndenos la alegría de vivir, de
ser tuyos y de Jesús de tal forma que llenemos de
alegría pascual al mundo entero.
Segundo Misterio Glorioso. La
Ascensión del Señor.
Los éxitos
del Hijo son también de su madre
Tú
estuviste allí, no podías faltar. Con los apóstoles: tus
nuevos hijos, la Iglesia naciente que Jesús dejó a tu
cuidado.
Lo viste
subir, triunfar para siempre. Subía y regresaba al cielo
como triunfador. Derrotados quedaban sus enemigos: la
muerte, el demonio, el mundo.
Era tu
triunfo también. Si los éxitos del hijo son también de
su madre, la ascensión de Jesús tú la vivías como
propia; era el anticipo de tu asunción.
Aquel Hijo
tuyo, nacido en Belén, que había venido a la tierra a
través de tu carne, ahora se iba a la patria definitiva.
Aquel hijo, perdido durante la eternidad de tres días en
el templo, ahora no sabías cuantos años estarías sin
verlo. ¡Qué dolor, dolor nuevo, que hacía casi
intolerable, insufrible, la separación del Hijo amado!
A partir
de entonces tu corazón estaría más en el cielo que en la
tierra. Allí estaba José, tu esposo, el compañero
maravilloso de la infancia y juventud de Jesús. ¡Qué
ratos tan inefables, tan difíciles también, en su
compañía! Él se te había adelantado. Él vería llegar a
Jesús al cielo, y recibiría de Él las más sentidas
gracias por haber cumplido tan perfectamente su misión
de padre. Allí estaría desde ese momento Jesús. Pero Tú
te quedabas en la tierra sola, muy sola. Porque tu amor
se iba, y te dejaba sola en la tierra.
Sólo quien
ha estado locamente enamorado y pierde a la persona
amada sabe de este dolor. Tú eras la enamorada por
excelencia de Jesús. Por eso, tu dolor no tenía límites
ni comparación.
Pero tu
voluntad no se sumergía en la tristeza, porque Jesús te
había entregado una nueva misión: la Iglesia naciente.
Con cuánto amor repetiste tu oración favorita: “He aquí
la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.
Con tu
oración, tu amor, tus consejos y tu prudencia, la
Iglesia niña crecía incontenible. Crecía en sabiduría y
en gracia ante Dios y ante los hombres, como en otro
tiempo tu Jesús. ¡OH Madre de la Iglesia, que acunaste
nuevamente en tus brazos aquella criatura que Jesús te
entregó!
Se
mezclaban la nostalgia -la fuerza que te lanzaba hacia
el cielo- y el amor a la Iglesia que necesitaba tu
cariño, tu presencia, tu oración. La nostalgia era
desgarradora, la esperanza larguísima. Tú veías en la
Iglesia la continuación de Jesús en la historia como
ningún teólogo lo ha visto. Toda la Iglesia estaba llena
de la presencia de Jesús.
Tus nuevos
hijos eran más débiles que Jesús. Los lobos acechaban.
Satanás, que había devorado a Judas, seguía esperando
matar a toda la grey, cuando aún era débil e indefensa.
Pero contaba con tu defensa irresistible. Nostalgia,
espera y certeza de llegar al cielo para ti y tus hijos.
Él ya, faltamos nosotros…
Ahora Tú
también estás en el cielo. Faltamos nosotros…Acuérdate
de nosotros.
Nueva
etapa de fe: Volviste a encender la lámpara que había
alumbrado tu caminar por la vida, con aceite nuevo, con
nuevo vigor. Era el comienzo fresco y pujante del
cristianismo. Tú eras la primera cristiana, la que
debías vivir y contagiar a todos la alegría recién
estrenada del hombre y mujer nuevos, del nuevo estilo de
vida, la religión del amor.
Oh Madre,
se nos ha olvidado muy pronto que la religión fundada
por tu Hijo es la religión del amor, la religión de las
bienaventuranzas. Nos hemos quedado con unas pocas ideas
rancias y con un aburrimiento vital. Resucita en
nosotros la alegría del “mirad cómo se aman” que
avasalló a los primeros.
¿Qué hemos
hecho de la religión del amor? Los cristianos hemos
vaciado la religión del amor para quedarnos con los
mandamientos mal cumplidos. Y nos resulta aburrida,
pesada, inaguantable.
La misma
religión que a los primeros los entusiasmó hasta el
extremo, los arrastró hasta el martirio sin pestañear, a
nosotros nos resulta sosa y aburrida. ¿No será que hemos
perdido la savia vital? Y ¿qué somos, que queda de
nosotros si nos falta el amor? Nada. Pura fachada.
Tú
comulgabas con más fe que ninguno, llegando a sentir a
Jesús en tus entrañas como cuando crecía en tu seno. Te
absorbías, te elevabas de la tierra, te ibas…Vivías de
la comunión anterior y vivías para la siguiente, como la
enamorada que no puede separarse del Amado.
Enséñanos
a comulgar con el fervor con que Tú lo hacías en los
años de tu soledad. Los cristianos observaban con
respeto y emoción tu actitud. Y seguro que, como a
Jesús, te pedían: “Enséñanos a comulgar con el fervor
con que Tú lo haces”.En la forma de recibir a Jesús se
confirma el amor o la indiferencia de los cristianos de
hoy.
Quiero
imaginar las palabras que dirigías a los apóstoles: El
primer evangelio pasado por la mente y el corazón de su
Madre. Y así entendían de manera entrañable las
enseñanzas de Jesús: Tú les abrías el sentido, pero,
sobre todo, encendías sus corazones. Cuantas veces
Pedro, Juan y los demás debían comentar como los
discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras
nos explicaba María los misterios de la vida de Jesús?"
Cuanto
necesitamos, María, que nos vuelvas a explicar los
misterios y la enseñanza de Jesús, sobre todo el amor
que nos tiene, para que nuestro corazón arda de amor por
Él y por Ti. ¡Cómo motivarías a Pedro, cada vez que el
pesimismo y las dificultades de guiar a la Iglesia
querían doblarlo! ¡Qué firme y gentil pastora guiaba al
primer Papa, lo mismo que al actual Juan Pablo II! ¡Cómo
les hablarías del cielo, repitiéndoles con apasionado
acento las palabras de Jesús: ”Alegraos de que vuestros
nombres están escritos en el cielo”! Hay que merecerlo,
hay que ganarlo. Ahí estaremos juntos para siempre…
Tercer Misterio Glorioso. La
venida del Espíritu Santo.
Madre
enséñame a orar contigo y como Tú lo hacías
Como la
gallina a sus pollitos estabas con aquellos apóstoles
asustados, infundiéndoles la fortaleza y el valor de una
Madre. Les enseñaste a rezar, como Jesús les había
enseñado, pues Tú eras una maestra insigne. Única. Bajo
tu ejemplo ellos aprendieron a gustar la oración, a
hacerlo de manera semejante a como Tú lo hacías.
“Nosotros nos dedicaremos a la oración y a la
predicación” diría más adelante Pedro a la comunidad de
forma contundente.
Orar con
María: Cuanto hubiera disfrutado estando allí, viéndola
orar, asimilando por contagio la oración de la criatura
más santa y humilde: contemplar su rostro, sus ojos
cerrados o semicerrados o mirando hacia lo alto;
escuchar su corazón cantando con su bellísima voz,
imitar su forma de arrodillarse, de cerrar sus manos.
Orar con Ella, junto a Ella, ¡qué gran privilegio!
Me imagino
a los apóstoles, al verla orar tan extáticamente,
suplicándole: “Enséñanos a orar contigo y como tú lo
haces”. Oh Madre, yo también te digo: “Enséñame a orar
contigo y como Tú lo hacías”. A los cristianos que se
aburren en la oración o en la Misa, alcánzales el amor
de los enamorados para que disfruten la alegría de orar.
Tú
obtuviste la gracia del Espíritu Santo a los apóstoles.
Pedro te necesitaba más que nadie. Después de las
negaciones se había roto; estaba herido y necesitaba los
cuidados de una Madre para con su hijo enfermo. Pedro
necesitaba de una Madre como Juan Pablo II. También él
llevaba, si no en su escudo, sí en su corazón, el “Totus
tuus” del actual Vicario de tu Hijo.
Juan era
el más parecido. Él de alguna manera compensaba y
llenaba el hueco dejado por Jesús. “Ahí tienes a tu
Madre”. Este encargo, hecho a todos, él se lo tomó
infinitamente en serio.
Tomás: Yo
sé que convertiste a aquel hombre duro para creer en un
hijo de fe, por la forma tan bella como Tú le enseñaste
a creer.
María
Magdalena: Ya había comenzado su conversión, pero ella
como mujer que era, y apasionada, copió mejor que los
hombres tu hoguera de amor. Aquella que se había
acostado en los basureros tenía ante sí un ejemplo de
mujer pura, santa y toda amor. María Magdalena te copió
con todas las fuerzas de su ser. Tu presencia la
purificó totalmente y le hizo amar locamente la pureza y
abominar del pecado.
Debes
repetir el milagro de Pentecostés en la Iglesia y en
cada uno de nosotros, en mí. Aunque no sea vea la llama
de fuego, que me abrase todo; aunque no haya terremoto
externo, que vibre por dentro y me vuelva loco de amor
por Él y por Ti. Te lo pido encarecidamente. No te pido
mas, pero no te pido menos.
Pusiste de
rodillas a la Iglesia primitiva y así, de rodillas,
recibió la fuerza del Espíritu Santo. Hoy debes también
enseñar a rezar a los sacerdotes y religiosos, a los
fieles, para salir del atolladero.
Salieron a
predicar como leones. Pedro era un león, sentía dentro
la fuerza de un león, ávido de presas. Echó las redes de
su palabra en nombre de Cristo, y tres mil hombres
quedaron atrapados. Los primeros cristianos entraron a
la Iglesia por contagio de amor, de aquel amor que ardía
en el corazón de los apóstoles. Así comenzó con buen pie
la religión del amor, amando y haciendo amar, hasta el
punto de arrancar a sus mismos enemigos la mejor
alabanza que se pueda decir jamás de los cristianos:
“Mirad cómo se aman”. Aprendieron muy bien la lección de
Jesús.
Hoy… en
muchos casos, ya no es así. La religión del amor se ha
convertido para muchos en la religión del aburrimiento.
Porque no aman, porque se han olvidado del amor que
Cristo les ha demostrado. Tienes que hacernos como
hiciste a los primeros, para seguir convenciendo a los
hombres fríos de hoy. La religión del amor se contagia
por calor, no por gélidas ideas.
Cuarto Misterio Glorioso. La
Asunción de la Virgen María.
María es
inmensamente feliz en el cielo
Su vida
consistió en amar.
La mujer
que podemos definir como Amor vivió en este mundo sólo
amando: amando a Dios, a su Hijo Jesús desde que lo
llevaba en su seno hasta que lo tuvo en brazos
desclavado de la cruz. Amó a su querido esposo san José,
y amó a todos y cada uno de sus hijos desde que Jesús la
proclamó madre de todos ellos.
María fue
una mujer inmensamente feliz…Su presupuesto era de dos
reales. No tenía dinero, coche, lavadora, televisor ni
computadora, ni títulos académicos. No era Directora del
jardín de niños de Nazareth, tampoco presumía de
nombramientos, como Miss. Nazareth. María a secas. No
salió en la televisión ni en los periódicos.
Pero
poseía una sólida base de fe, esperanza, amor y de todas
las virtudes. Tenía a Dios, y, a quien tiene a Dios,
nada le falta.
La Virgen
no se quejaba: de ir a Egipto, de que Dios le pidiera
tanto. La sonrisa de la Virgen era lo mejor de su
rostro. ¿Cómo reaccionaría ante las adversidades,
dificultades, cólera de sus vecinos?
María veía
la providencia en todo: en los lirios del campo, en los
amaneceres…en la tormenta. Cuando no había dinero.
Cuando tenía que ausentarse. Cuando alguna vecina se
ponía necia y molestaba.
Lo más
admirable de María era el amor. Lo más grande de la
mujer debe ser el amor. El amor es un talismán que
transforma todo en maravilla. Dios te ha dado este don
en abundancia. Si lo emplearas bien, haría de ti una
gran mujer, una ferviente cristiana, una esposa y madre
admirable. Pero, si dejas que el amor se corrompa en ti,
¡pobre mujer!
María
Magdalena tenía una gran capacidad de amar. La empleó
mal, y se convirtió en una mujer de mala vida. Pero,
después de encontrarse con Jesucristo, utilizó aquella
capacidad para amar apasionadamente a Dios y a los
demás, y hoy es una gran santa y una gran mujer.
Desde su
asunción a los cielos ha seguido amando durante dos mil
años a Dios y a los hombres: Es un amor muy largo y
profundo. Y apenas ha comenzado la eternidad de su amor.
Dentro de
ese océano de ternura que es el Corazón de María estamos
tú y yo para alegrarnos infinitamente. Desde el cielo
una Madre nos ama con singular predilección. La fe en
este amor debe llenar nuestra vida de alegría, de paz y
de esperanza.
Subió al
cielo en cuerpo y alma
Dios
adelantó el reloj de la eternidad para que María pudiese
inaugurar con su hijo nuestra eternidad. Mientras
nosotros esperamos, Ella goza de Dios con su cuerpo
inmaculado, el que fue cuna de Jesús durante nueve
meses.
María,
nuestra Madre, es inmensamente feliz en el cielo.
Nosotros, sus hijos, nos congratulamos infinitamente por
su felicidad. Ella, como buena madre, no quiere gozar
sola; nos quiere ver a nosotros felices con Ella,
eternamente gozosos con Ella y con Jesús en el cielo. El
único anhelo todavía no cumplido de María es lograr
nuestra felicidad eterna. Su oración para lograrla es
diaria, muy intensa, hasta conseguirlo.
El cuerpo
en el que Dios habitó es digno de todo respeto. Está
eternizado en el cielo, incorrupto, feliz como estará un
día el nuestro. El cuerpo que vivirá eternamente en el
cielo es digno de todo respeto. No se debe degradar lo
que será tan dignamente tratado. Pasará por la
corrupción, pero sólo para resucitar en nueva espiga y
nuevo cuerpo inmortal, incorrupto, puro y santo.
Es una
motivación muy seria ésta. Nuestro cuerpo, que fue
templo de Dios en la tierra y eternamente gozará de Dios
en el cielo, es digno de que sea respetado, purificado.
Voy a
prepararos un lugar:
Así
hablaba Jesús a los apóstoles con emoción contenida.
Personalmente se encargaría de tener listo ese lugar.
Pero sabemos quién le ayudaría cariñosamente a preparar
dicho lugar: María Santísima. Ella le ayudó -y de qué
manera tan eficaz- en sus primeros pasos a la Iglesia
militante. Ella sigue ayudando con su amorosa
intercesión a la Iglesia purgante y, de manera muy
particular, a preparar la definitiva estancia a la
Iglesia triunfante.
Podremos
estar seguros de ver un ramo de flores con una tarjeta y
nuestro nombre: Hijo, hija, cuánto me costaste. Pero ya
estás aquí. También habrá un crucifijo con esta leyenda:
“Te amé y me entregué a la muerte por ti”. Jesús. Habrá
un ramo de almendro florido colocado por Jesús de parte
de María.
Voy a
prepararos un lugar. También María nos dice que ha ido a
prepararnos un lugar. La mejor Madre con todo el cariño
preparando un sitio para toda la eternidad a sus hijos.
¡Gracias, Madre, por el interés y el amor demostrado!
¿Cómo pagarte? Imposible. En deuda estaremos eternamente
contigo.
El premio
de los justos es el cielo, la felicidad eterna.
Poco lo
pensamos. Mucho lo ponemos en peligro. “Alegraos más
bien de que vuestros nombres estén escritos en el
cielo”. Sabremos entonces por qué decía Jesús estas
solemnes palabras, cuando veamos con los ojos extasiados
lo que ha preparado Dios a sus hijos. Si les dio su
sangre y su vida, ¿no les iba a dar el cielo?
Pero aquí
andamos distraídos, perdidos, olvidados, comiendo los
frutos agraces del pecado que pudre la sangre y envenena
el alma. Cuantas veces emprendimos el camino del
infierno, tantas otras una mano cariñosa y firme nos
hizo volver al camino del cielo. Pensamos en todo menos
en lo mejor y lo más hermoso. ¡Pobres ignorantes,
ingratos, desconsiderados!
Dios
premia dando el cielo. Se lo ha dado a María, a los
santos. Lo ofreció al joven rico, y lo rehusó. Lo ganó
pagando el precio de la cruz y de la vida. El cielo es
nuestro; nos lo han regalado. Pero, a la fuerza nadie
entrará allí. Es necesario pedirlo, merecerlo de alguna
manera. El mismo Jesús proclamaba: “El Reino de los
cielos se gana luchando, y sólo los que luchan lo
arrebatan.”
Si ganar
el cielo es lo más grande que podamos lograr, perderlo
es lo más triste y trágico que nos pueda suceder. Ambas
cosas están sucediendo de continuo: los que están
ganando la gloria y los que están ganando la perdición.
Y tú, ¿qué estás ganando?
¿De qué le
sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?
Jesús sabe lo que dice.¡Cuantas veces empleamos los
mejores años, las mejores energías, en conseguir lo
pasajero, hipotecando lo eterno! Así, nos convertimos en
los peores perdedores, porque perdemos lo único
necesario.
El cielo
es cielo por Dios y María
Al fin nos
encontraremos cara a cara con los dos más grandes amores
de nuestra vida. Entonces sabremos lo que es estar
locamente enamorados y para siempre de las personas más
dignas de ser amadas. Enamorados de Dios, en un éxtasis
eterno de amor: amados por el Amor Infinito, la Bondad
Infinita.
Ahí
comprenderemos los misterios del amor aquí muy poco
comprendidos. Volveremos a Belén a amar infinitamente,
eternamente a aquel Dios hecho niño por nosotros.
Volveremos a la fuente de Nazareth donde Jesús llenó el
cántaro de María tantas veces.
Volveremos
al Cenáculo a quedar de rodillas y extasiados ante la
institución de la Eucaristía, y comprenderemos las
palabras del evangelista Juan: “Habiendo amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo”.
Volveremos
al Calvario y querremos quedarnos allí mucho, mucho
tiempo, siglos, para contemplar con el corazón en llamas
el amor más grande, la ternura más delicada, y
comprenderemos cada uno lo que Pablo gritaba: “Líbreme
Dios de gloriarme en nada si no es en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo”.
Pediremos
permiso de bajar a la tierra para visitar los Santos
lugares no como turistas sino como locamente enamorados.
Volveremos
a leer el Evangelio con el corazón en éxtasis de amor.
Todo esto por mí, por amor a mí. Agradeceremos a María
su “fiat”, su “hágase en mí según tu palabra”, y le
diremos con amoroso acento: “Gracias, Madre, por haber
dicho que sí.”
Releeremos
una y otra vez aquella escena del Calvario, cuando Jesús
moría: “Ahí tienes a tu Madre”. Ahí la tengo, junto a
mí, en el cielo, para siempre…
¡Gracias,
Jesús, por haberme dado tu Rosa, tu joya más preciosa.
¡Gracias, por haberme dado a tu Madre como madre mía! Te
quiero mucho, te quiero tanto por María…
Volveremos
a Belén, a aquella cueva bendita donde nació el Amor
hecho niño por mí. Besaremos el pesebre, las pajas. Y
nos quedaremos allí durante muchas horas, y con ganas de
volver mil veces.
Volveremos
a Nazareth, a la humilde casita de la dulce María. Tú
nos enseñarás cada rincón de la casa. “Aquí estuvo el
arcángel, y le respondí que sí. Aquí estaba el taller de
José, mi queridísimo José. Aquí la cocina en la que pasé
tantas horas entre los pucheros. Aquí el huerto, en el
que me extasiaba con las flores”.
Y
querremos quedarnos en esa casita años y años, en aquel
rincón del cielo…
Al cielo
subió la Puerta del cielo
Sueño en
ese momento en que tocaré a la puerta. Y saldrá a
abrirme con los brazos abiertos y una sonrisa celestial
María Santísima. Tendré que sostenerme para no morir
otra vez, pero de puro gozo al ver sus ojos de cielo, su
rostro bellísimo, su amor increíble pero real.
Tenía
tantos deseos de verte, OH Madre mía; tantas veces te
recé la Salve y recé el rosario -aunque a veces
distraído. En el cielo recitaré de nuevo todos los
rosarios mal rezados, como un serafín. ¡Qué pena que en
la tierra te conocí tan poco y tan poco te amé! En el
cielo te amaré por lo que no te amé en la tierra.
María es
la mujer triunfadora por excelencia. La humilde esclava
del Señor ha logrado lo que ninguna mujer famosa ha
conseguido. Eligió como meta cumplir la voluntad de
Dios; como motivación el amor. El Premio: La Asunción
los cielos en cuerpo y alma. Así nos enseña de forma
contundente la mejor forma de vivir.
Oración:
Oh María,
Puerta del cielo, no permitas que tu hijo pródigo
prefiera comer las bellotas y apacentar los puercos
cuando ha sido llamado al amor eterno y a la felicidad
suprema en el cielo junto con Dios y junto a Ti. Haz lo
que sea, no importa qué cosa, para obtener ese cielo que
tiene una morada para mí, preparada con tanto cariño por
Jesús y por ti, Madre.
Quinto
Misterio Glorioso. La Coronación de la Virgen como Reina
del Cielo y de la Tierra.
Reina y
Madre de sus queridos hijos
Voy a
escribir una carta destinada a la Virgen María en el
cielo. Una forma muy sencilla y profunda de manifestar
el aprecio y cariño a una persona es a través de una
carta. Lo importante no es mi carta sino la que tú
escribas a María desde el fondo de tu corazón.
Querida y
respetable señora, queridísima madre:
Sé que estoy escribiendo a la mujer más maravillosa del
mundo.
Y esto me hace temblar de regocijo, de amor y de
respeto.
Cuántas mujeres en el mundo, queriendo parecerse a ti,
llevan con orgullo santo el dulce nombre de María.
Cuantas iglesias dedicadas a tu nombre.
Tú eres toda amor, amor total a Dios y amor
misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos. Eres
el lado misericordioso y tierno del amor de Dios a los
hombres, como si tu fueses la especie sacramental a
través de la cual Dios se revela y se da como ternura,
amor y misericordia.
Estoy escribiendo una carta a la Madre de Dios: Esa es
tu grandeza incomparable. Eres la gota de rocío que
engendra a la nube de la que Tú procedes.
Me mereces un respeto total, al considerar que la sangre
que tu hijo derramó en el Calvario es la sangre de una
mártir, es tu propia sangre; porque Dios, tu hijo, lleva
en sus venas tu sangre, María.
Pero el respeto que me mereces como Madre de Dios se
transforma en ímpetu de amor, al saber que eres mi madre
desde Belén, desde el Calvario, y para siempre.
Y por eso, después de Dios me quieres como nadie. Yo sé
que todos los amores juntos de la tierra no igualan al
que Tú tienes por mí. Si esto es verdad, no puedo
resistir la alegría tremenda que siento dentro de mi
corazón.
Pero ese amor es algo muy especial, porque soy otro
Jesús en el mundo, alter Christus.
Tú lo supiste esto antes que ningún teólogo, desde el
principio de la redención. No puedo creer que me mires
con mucho respeto.
Para ti un sacerdote es algo sagrado. Agradezco a tu
Hijo, al Niño aquél, maravilla del mundo, que todavía
contemplo reclinado en tus brazos, su sonrisa, su
caricia y su abrazo que quedaron impresos a fuego en mi
corazón para siempre.
Oh bendito Niño que nos vino a salvar.
Oh bendita Madre que nos lo trajiste.
Contigo
nos han venido todas las gracias, por voluntad de ese
Niño. Todo lo bueno y hermoso que me ha hecho, me hace y
me hará feliz, tendrá que ver contigo. Por eso te
llamamos con uno de los nombres más entrañables: Causa
de nuestra alegría.
He sabido
que tu Hijo dijo un día: "Alegraos más bien de que
vuestos nombres estén escritos en el cielo" Sí. Escritos
en el cielo por tu mano, Madre amorosísima. Cuando
dijiste sí a Dios, escribiste nuestos nombres en la
lista de los redimidos. Y esta alegría nos acompaña
siempre, porque Tú tambien como Jesús estás y estarás
con nosotros todos los días de nuestra vida.
¡Qué
hermosa es la vida contigo, junto a ti, escuchándote,
contemplando tus ojos dulcísimos y tu sonrisa infinita!
También como a Dios, yo te quiero con todo mi corazón,
con toda mi alma y con todas mis fuerzas.
Sigo escribiendo mi carta a la que es puerta del cielo.
¡Cómo he soñado desde aquel día, en que experimenté el
cielo en aquella cueva, en vivir eternamente en ese
paraíso! Junto a Dios y junto a ti, porque eso es el
cielo. La puerta de la felicidad eterna, sin fin, tiene
una llave que se llama María.
Cuanto anhelo ese momento en que tu mano purísima me
abra esa puerta del cielo eterno y feliz.
Oh Madre amantísima, eres digna de todo mi amor, por lo
buena que eres, por lo santa, santísima que eres, la
Inmaculada, la llena de gracia, por ser mi Madre, por lo
que te debo: una deuda infinita, porque, después de
Dios, nadie me quiere tanto, por tu encantadora
sencillez.
Yo sé, Madre mía, que, después de ver a Dios, el éxtasis
más sublime del cielo será mirarte a los ojos y escuchar
que me dices: Hijo mío, Y sorprenderme a mí mismo
diciendo: Madre bendita, te quiero por toda la
eternidad.
Oh Virgen clementísima, Madre del hijo pródigo -Yo soy
el hijo pródigo de la parábla de tu hijo- que aprendiste
de Jesús el inefable oficio de curar heridas, consolar
las penas, enjugar las lágrimas, suavizar todo, perdonar
todo. Perdóname todo y para siempre, oh Madre.
Bellísima reina, Madre del amor hermoso, toda hermosa
eres,María. Eres la delicia de Dios, eres la flor más
bella que ha producido la tierra. Tu nombre es dulzura,
es miel de colmena. Dios te hizo en molde de diamantes y
rubíes. Y después de crearte, rompió el molde. Le
saliste hermosísima, adornada de todas las virtudes, con
sonrisa celestial…
Y cuando Él moría en la cruz, nos la regaló.
Por eso, Tú eres toda de Jesús por derecho.
Y toda de nosotros por regalo.
Todo tuyo y para siempre.
CONCLUSIÓN:
Asistimos
hoy al desamparo de muchas madres que sufren antes de
crear hijos, que siguen sufriendo al engendrarlos, y
sufren mucho más al tener que educarlos, por no
mencionar a las madres que suprimen a algún hijo. Todas
tienen una Abogada en el cielo, que les ayuda
misericordiosamente por ser Ella también mujer y madre.
Todas las que deseen saber cómo es, cómo ama y cómo se
realiza una mujer deben mirar al cielo y contemplar a su
celestial patrona e intercesora, la redentora de la
mujer, de su maternidad, de su amor y de su felicidad en
la tierra y en el cielo.
Oración:
El cielo
es tu sitio, Virgen María. Y el cielo es también el
sitio para tus hijos. No permitas que los hijos de una
madre que vivió y murió de amor, vivan y mueran de
hastío. Llévanos al cielo. Haznos vivir en la tierra
como quienes están de paso hacia la felicidad eterna.
Que dejemos pasar lo pasajero y nos aferremos a lo
eterno. Amén.